Queridos amigos de toda la red de Hábitat para la Humanidad global, y de manera muy especial, a todos los colaboradores y amigos de Hábitat Paraguay:
Hace 28 años, en 1998, empezamos creyendo que íbamos a construir el mundo casa por casa. Con el tiempo, y gracias a las alianzas que fuimos construyendo, aumentamos nuestro alcance. Pasamos de acompañar a las primeras 3 familias de Puerto Botánico a sumar miles de soluciones habitacionales, y pasamos de construir viviendas a construir comunidades enteras. Aprendimos a visibilizar el problema del saneamiento, a incidir en políticas públicas y en los mercados de vivienda, y a entender que el derecho a una vivienda adecuada es también el derecho a la ciudad y a un ecosistema más amplio de desarrollo. Hoy, más de 62.775 familias servidas están en el centro de una visión mucho más integral de lo que significa un hogar, y seguimos escalando y co-creando junto a comunidades y cooperantes de toda la red.
Pero más allá de los números de nuestra trayectoria, lo que más quiero agradecer, sin dejar a nadie afuera (cooperantes, aliados, donantes, voluntarios y, sobre todo, el staff que sostiene el trabajo todos los días), es que detrás de cada cifra hay una vida cambiada. Hoy sabemos, por ejemplo, que las familias que acceden a un baño adecuado se enferman 32% menos, gastan la mitad en salud, lo que equivale al 8% de su ingreso mensual, y aumentan en 14% su autoestima. Eso no es solo un dato de una evaluación de impacto: es la posibilidad real de que una familia continúe su camino de desarrollo sin que la pobreza se lo impida.
Y por eso, hoy más que nunca, quiero hacer un llamado urgente. En un mundo que necesita acción, no podemos darnos el lujo de ser tibios. No basta con tomar postura frente a las inequidades del acceso a la vivienda, también hay que tomar acción, con la misma valentía con la que, en tiempos difíciles, los fundadores de Hábitat para la Humanidad, hace 50 años, vivieron su koinonía sin tibieza, entregándose por completo cuando más incierto era el futuro. Esta misión no nació de una estrategia de oficina: nació de Dios, y nació también de una crisis que decidimos convertir en algo más fuerte. Si algo aprendí en todos estos años es que el timón siempre lo tiene Dios, incluso, sobre todo, cuando el mar está más agitado.
Puedo hablar de esto con propiedad porque toda mi vida aprendí a leerla así. De niña me sentía diferente, me veía diferente, hablaba un idioma raro, comía distinto al resto. Pude haber vivido esa diferencia como una amenaza. En cambio, decidí que si ya me percibían diferente, entonces también podía elegir vivir diferente. Mi mamá nos decía que éramos pobres; para mí, eso nunca alcanzó para convencerme de que ese fuera mi destino. Aprendí temprano que nadie puede imponerme algo que yo no crea, que la fe es una decisión de voluntad, y que esa decisión determina lo que va a ocurrir. Con esa misma convicción, hace casi 30 años empecé a caminar junto a Hábitat, y con el tiempo entendí que mi propia historia siempre estuvo conectada con la causa de la vivienda adecuada: durante años, mi sueño más grande fue simple y concreto, construirle a mi mamá un baño digno. Y hubo, en el camino, muchos momentos donde el miedo pudo haberme paralizado. Recuerdo una misión en Chile, en la que no teníamos ni un centavo, y encontramos, pateando la nieve, un fajo de dinero que apareció justo cuando más lo necesitábamos. Cada una de esas veces elegí lo mismo: reemplazar el miedo por fe. Esa decisión, repetida una y otra vez durante casi 30 años, es la que hoy me permite decirles con toda propiedad que no le teman a lo que todavía no pueden ver.
Hoy dejo la dirección ejecutiva de Hábitat para la Humanidad Paraguay, y lo hago para abrir un techo. Durante años caminamos golpeándonos la cabeza contra ese techo que fue el límite hasta donde pudimos llegar. Hoy lo abrimos. Nuestro horizonte, a partir de ahora, es el cielo porque son infinitas las cosas que todavía podemos construir, en Paraguay, en la región y en toda la red de Hábitat.
Le doy la bienvenida a Diana Ramírez, quien asume la conducción de la organización, y le deseo todos los éxitos y toda la fuerza en el cumplimiento de esta misión. Y a todo el equipo que se queda, gracias por sostener con la misma pasión este proceso de cambio. Los números que hoy podemos mostrar, familias que se enferman menos, que ahorran, que confían más entre ellas, que recuperan la dignidad, no son el final de un camino, son la prueba de que vale la pena seguir arriesgando, involucrando a más aliados, más iglesias, más empresas, más gobiernos, para seguir siendo, de verdad, convocadores no solo de viviendas, sino de comunidades y de esperanza.
Gracias por tanto cariño, tanto afecto y tanto acompañamiento. Me voy con la certeza de que, con muchas manos, corazones y muchas mentes, y sin miedo, con fe, seguiremos demostrando el amor de Dios en acción, entendiendo que:
Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.
Filipenses 4:19
Con fe y gratitud,
Ing. Social Mary Lechenuk



